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Exposición Personal "Al dente" de Rigoberto Mena & Alejandro García, 2017 | 20 de Octubre de 2017 - 24 de Noviembre de 2017
Línea 460, Vedado
En gastronomía se denomina al dente al estado de cocción de la pasta que, estando cocida, ofrece alguna resistencia al ser mordida. El término, proveniente del italiano, se refiere a la forma ideal para preparar pastas y se vincula también al arroz y las verduras, homologado a la percepción de crujiente. Según los entendidos, este preciso punto de cocción requiere ciertas habilidades y mucha práctica. Abundan los consejos acerca de cómo lograrlo: según algunos, llegado el punto exacto, debes sumergirla en agua fría por solo un par de minutos; otros recomiendan tirarla contra una pared de baldosas, y si queda pegada significa que está al dente.Se trata deun punto exacto definido por indicaciones imprecisas. Busca un grado de firmeza y consistencia que ofrezca resistencia al diente, pero resulte agradable y apetitoso. Cocido por fuera y semicrudo en su centro, ligeramente duro al masticar. La culinaria resulta una práctica dilatada y confusa. Tan personal como practicantes tenga, a la par de extensiva, enciclopédica, y en muchos sentidos particular en extremo. Millones de investigaciones y escasas concordancias. Caldo para genios, emprendedores y diletantes, se emparenta de manera natural con el arte. El carácter ritual, evolutivo, distintivo y tipificado equipara ambasempresas, mientras el ejercicio sistemático y jerárquico que ejercen en la sociedad contemporánea nos provee de un herramental común con que abordar una u otra disciplina. Lícito entonces considerar a Rigoberto Mena y a Alejandro García dos abstractos al dente, cada uno en su específica salsa condimentada. Expandidos los límites de lo considerado experiencia artística, se hibridan cada vez más las posibilidades de operatorias y abordajes. Lo material y lo inmaterial, lo original y lo múltiple, la referencia y la autoría, lo figurativo y lo abstracto permanecen en controvertida ebullición. Diagnósticos apocalípticos, activismos equidistantes, referencias epilogales. Todo se integra a ese maremágnum de intercambios y permutaciones. Rigoberto Mena vive obsesionado con los pequeños detalles que encuentra a su paso. Caligrafías que recolecta y descuartiza para luego dispersarlas sobre la superficie de la tela. Alguna vez ha declarado el artista que se trata de atestiguar el paso del tiempo, cómplice implacable de un ejercicio creativo devenido filosofía de vida. El tiempo sobreviene instrumento de los sentidos, presto a la aventura íntima donde lo provisorio se prolonga en retiniano. Una suerte de esbozo documental de lo cotidiano, que restringe concienzudamente el referente figurativo y lo confina a conjeturas en un territorio de total libertad, ilusorio y contingente. Tales universos paralelos, periódicamente reinventados, han apelado con regularidad al sempiterno relato que narran los muros. Paredes manoseadas por los elementos y por el hombredevelan el inatrapable repertorio del acontecer e impactan los lienzos como legajos de resonancias. Sin embargo, pareciera que ahora Mena re-encuadra la panorámica, presto a infiltrarse en el pavimento. A raíz de su reciente viaje a Nueva York, el monstruo de asfalto y cristal le hizo bajar la cabeza, en el sentido literal de la frase. Encontró allí los despojos de un tránsito infernal, conmovedoramente humano, sugerente y distintivo, que se articularon con sus instintos depredadores de ambientes y situaciones. Sobrevino el reciclaje de ese automatismo consciente –adoptado por Rigo desde sus primeras series– que captura estímulos físicos externos y los devuelve como trazas de fogonazos mentales. Una exigua paleta dominada por ocres y negros se desdobla en sus acostumbrados grandes formatos. Parco, consciente cierto rojo o amarillo. Incluso el blanco eficaz se infiltra en algún plano cerrado. Manchas, salpicaduras, grafismos, veladuras, ajustan composiciones urdidas en clásico equilibrio, deudoras de un educado oficio no ajenoal subterfugio de depositar y superponer. El suelo exterior que se proyecta cual cosmos íntimo. Con esta serieCalles de Nueva York, Rigoberto Mena consolida un desempeño de madurez creativa. Como un diestro chefdespliegasu arsenal sensorial y decanta lo superfluo de las formas obvias, reinventándose para los espacios de Galería Habana, que han acogido otras veces su trabajo. Próvido, invita a Alejandro García a compartir la hornilla y la mesa. Un gesto de franca camaradería extraño en estos tiempos de ayunas e inapetencias–reales y subjetivas. Durante el último lustro, Alejandro busca reinsertarse en la escena plástica nacional luego de un largo período de residencia en Italia. En su caso, la substancia pictórica germina desde alacenas ancladas al repertorio intelectual proveniente de sus vastas lecturas e investigaciones teóricas de diversa índole. Ensaya, irreverente y anárquico, con toda materia a su disposición, despojándola de su carga primigenia para reasignarle contenidos inéditos y provocadores. Cábalaprivativa de una psiquis inquietante y obsesiva presta a conectarse en episódicas terminales sígnicas. Su trabajo funge como testimoniante de litigios matéricos y cromáticos que refractan un laberinto de referencias provenientes de la tradición del arte y el pensamiento global. De esta manera, el artista conscientemente desecha atemperar ese maremágnum de eventuales desvaríos y vuelca su auténtico ingenio en la consumación de un gesto que podría ser decodificado desde perspectivas apegadas a las maniobras del inconsciente y lo procesual. Especulaciones para una exégesis desordenada y caótica que renuncia a la referencia figurativa casi en el mismo momento en que cristaliza. En este sentido, Pintura sólidaresulta un gesto extremo. Con ello connota el desapego a los despojos corpóreos de sus estrategias simbólicas. Una parte significativa de lo producido en su pintura ha sido aprisionado y fundido en una pieza autónoma. Autofagia que redime cualquier desafuero aprensado en su interior. Ademán catalizador de arrebatos que de alguna manera congrega sentidos análogos condensados en los entresijos de un entramado revelador. Un enfoque sistémico arrojaría que Rigoberto Mena y Alejandro García son artistas limítrofes. Camaradas de alcoholes y pastas al dente en los apacibles terrenos que ambos frecuentan, manifiestan paralelos tonales que rara vez coexisten en armonía. Contemplativo y lírico Mena sublima experiencias propias interconectadas mientras Alejandro exorciza sus demonios implosionando partículas de un universo heterogéneo aglutinado a duras penas, predispuesto al caos. Mena persigue el sedimento de sus vivencias para transmutarlo en poesía. Alejandro ahuyenta la simetría y la estandarización decidido a zambullirse en la maraña de sus fantasmas. Amigos que pulsean en un partido de roles donde cada cual ciñe sus artefactos a la medida de sus apetencias. Todo un divertimento caprichoso que se concretiza en la seductora abstinencia figurativa para generar constelaciones autónomas y fronterizas. Isabel María Pérez Pérez y Rubén del Valle Lantarón

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